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04 de diciembre 2018

Teletón, cuando el show se vuelve maquiavélico

Por Paulina Bravo, abogada especialista en Derechos Humanos y Discapacidad y presidenta de ODISEX

Ahora que las aguas retomaron su curso normal y el pueblo, que una vez al año baja sus banderas políticas y de cualquiera otra diferencia para hacer de la discapacidad una fiesta caritativa, familiar y de unión nacional, dejó de mirar sillas de ruedas con ojos vidriosos para fijar su vista en los coloridos y acalorados viejos pascueros, nos permitimos una necesaria, importante y muy saludable cuota de imparcialidad para detenernos a observar los efectos sociales cimentados por el espectáculo mediático y comercial de la Teletón. En ello, resultará ineludible concluir que durante décadas hemos convertido a Chile en un ferviente devoto del principio maquiavélico en cuya virtud el fin justifica los medios.

Desde nuestra más prima infancia, acostumbramos a identificar el apellido del célebre florentino con todos los sinónimos vinculados con la maldad más extrema. Incluso en el lenguaje político, social, elegante, formal o coloquial, si relacionamos a alguien con “Maquiavelo”, a pocos cabe duda que se está designando a una persona que bordea los límites de la perversión. 

Sin adentrarnos en la obra póstuma del presunto conspirador contra los Médici, para pocos es desconocida la más importante idea que se concluye de “El Príncipe: ”: el fin justifica los medios. Idea que no obstante su indolencia o quizá en virtud de ella, trascendió todas las fronteras, adoptándose incluso en lugares tan remotos que ni siquiera el diplomático italiano supo que existían.

Si se trata de la Teletón, el fin justifica los medios. Aún cuando la prohibición casi absoluta de formular críticas a la campaña televisiva pareciera venir incorporada en el ADN de los chilenos y chilenas, muchas personas con discapacidad a lo largo de todo el país, nos hemos atrevido a cuestionar el show. Detracciones que a juicio de los pro Teletón, en su  mayoría personas sin discapacidad, nos transforma en sujetos socialmente inadaptados porque si bien muchos consideran reprochable el medio, la mayoría concluye que la campaña para recaudar dinero es necesaria. De lo contrario, no se satisface el fin: la rehabilitación de niños y niñas con discapacidad.

Tal como lo ha reafirmado la ONU, la Teletón estigmatiza. Crea un estándar de personas depositarias de la caridad. Fomenta la explotación emocional al exponer públicamente la vida privada de los niños con discapacidad y de sus familias, haciéndoles cargar con un peso más grande que el de Atlas porque de ellos, del resignado dolor que ellos puedan proyectar con sus heroicas biografías, dependerá alcanzar, o no, la multimillonaria meta fijada.

La elección maquiavélica de la figura símbolo. El niño o niña símbolo que no puede ser cualquiera. Debe tratarse de uno cuya familia esté dispuesta a sacrificar los derechos fundamentales que la Convención de los Derechos del Niño consagra para su hijo con discapacidad, por ser esa una condición para su rehabilitación, al exhibir su intimidad por todos los medios posibles. Ese niño debe estar siempre contento y dispuesto, y con las ideas claras, para que bajo la dirección de un desfile de adultos, famosos o no, genere en el público una conmoción tan trascendente que lo empuje a hacer sus donativos so pena de tener que soportar el martilleo culpable de sus conciencias por no haber colaborado a la mantención de la sonrisa incondicional del pequeño símbolo que “pese a su desgracia”, nos enseña a salir adelante y nos convierte en un país “solidario”.

El niño símbolo no puede flaquear en su alegría, en su ánimo, en su potente personalidad. En su inagotable energía para vivir rehabilitándose en público mientras los otros, aquellos que no presentan una discapacidad, ejercen con plenitud su legítimo derecho a la privacidad, a llorar, enojarse, jugar y cansarse; a decir que no o a ver por la televisión el show de la Teletón junto a sus familias que, sin duda, nunca los expondrían a tan injusta y estresante carga. Mismas familias que les enseñan a ser agradecidos de dios o de la vida, porque tienen todo lo que le falta a ese otro niño que, pese al sufrimiento, es capaz de estar siempre contento y dispuesto. Así germina la naturalización de la explotación emocional. Si el niño símbolo flaquea, no logrará convencer al público y ni él, ni los otros niños con discapacidad tendrán rehabilitación.

En los últimos años, ha sido pública y notoria la floreciente crítica al espectáculo caritativo que desde cuatro décadas se encuentra consolidado como la piedra angular del espíritu solidario de Chile. Críticas que han generado discusiones relativas a optar o no por el respeto pleno a la dignidad humana de la infancia con discapacidad (el medio) o bien, continuar optando por la recaudación de dinero a costa de ella (el fin). Discusión decimonónica que nos permite constatar cuán arraigadas están en el comportamiento de chilenos y chilenas, las secuelas de la explotación emocional. Una explotación que nos impone a las personas con discapacidad, cargar con responsabilidades morales y materiales colectivas a condición de ser o no rehabilitadas, de ser o no incluidas en la sociedad, de ser o no escuchadas en nuestras demandas.

Se replica por consiguiente, el modelo acondicionador de niño símbolo que hoy traspasa los límites del show mediático de la Teletón porque se repite en los jardines infantiles, colegios, universidades, empresas; en todos los espacios que los chilenos, inspirados en la caridad y no en los derechos, abren a la magra participación social de las personas con discapacidad.

A mi juicio, que el fin justifique los medios es una idea enquistada en nuestra sociedad que cual Nudo Gordiano petrificado, perpetúa anacrónicos paradigmas asistencialistas que sustentan de manera transversal la abusiva explotación emocional de la infancia con discapacidad, desnaturalizando la discapacidad y naturalizando la discriminación como una necesidad constante de retroceder al medioevo, cuando las personas con discapacidad éramos más asimilables a las cosas que a los seres humanos, cuando nuestra discapacidad era un espectáculo atemorizante o moralizante, cuando había que echarnos a la hoguera para acortarnos el camino al cielo.

Pero ese tiempo ya pasó, ahora somos un país OCDE, conectado a Internet, que participa en las reuniones del G20, que ostenta uno de los parlamentos mejor pagados del mundo, que cuenta con un Instituto Nacional de Derechos Humanos y con una Defensoría de la Niñez, que ha ratificado tanto la Convención de los Derechos del Niño como la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Es tiempo de dejar tranquilo al filósofo Maquiavelo para inclinarnos más bien hacia la idea rupturista del macedonio Alejandro Magno respecto al Nudo Gordiano: lo mismo da cortarlo que desatarlo. Porque pese a los augurios de la leyenda, nada le impidió conquistar el Imperio Persa.