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03 de septiembre 2013

Asientos para personas con discapacidad

Por Omar Gangas | Columnista SIGA Chile

Omar Gangas

Hoy venía muy cansado en la mañana dentro de una micro del Transantiago. Me costó mucho subir ahí en avenida Macul con Rodrigo de Araya, pagar mi pasaje y moverme al lugar donde están los asientos “supuestamente” para personas con discapacidad, para ver si estaban disponibles o alguien amablemente me lo cedía.

Pero nada, estaban todos ocupados, por unos dormilones y una abuelita. Bueno, esos asientos son de preferencia para personas con discapacidad, tercera edad y embarazadas, así que la abuelita estaba dentro del rango permitido. Pero los dormilones estaban aprovechándose del sistema y seguían echando humito.

Al llegar a Irarrázaval, se despertó uno de los dormilones y, como mi mirada inquisidora lo quemaba, me mira fijamente a los ojos, cambia su cara de sueño por una de amabilidad y me dice: “Te quieres sentar”. Y mi respuesta fue como una metralla: “Sí, por favor”.

Cuando el dormilón se alistaba a cederme el asiento, grande fue mi sorpresa al ver que también era una persona con discapacidad. Acomodó sus bastones, tomó sus pertenencias y desocupó el asiento.

Quedé boquiabierto y me senté en el lugar que ocupaba mi “colega”. Pasaron unas cuadras y este tipo no se bajaba, pensando que me había cedido el asiento por esa razón. Finalmente se bajó en la parada de los Leones llegando a Providencia; su acto fue 100 por ciento generosidad.

Llegando a mi oficina seguí pensando en este tema, en qué había pasado, qué me estaban enseñando. No lograba entender hasta que lo miré desde el siguiente punto de vista:

Hay veces que somos más personas con discapacidad que otros.
Hay veces que las personas que se ven “normales” son personas con discapacidad.
Hay veces que las personas 100% “normales” quieren ser personas con discapacidad.
Hay veces que las personas con discapacidad quieren ser “normales”.

Ese día aprendí que soy más “discapacitado” que otro.
Ese día aprendí que la discapacidad no es sólo la que se ve.
Ese día aprendí que soy más fuerte que antes.

Y ese día me di cuenta que estaba vivo y que debía aprovechar esta oportunidad que se me estaba dando.

Desde ese día soy más amable y comprensivo con los que ocupan nuestros lugares en las micros. Desde ese día miro amablemente a todas las personas que ocupan los asientos para personas con discapacidad pidiendo el asiento con una sonrisa. Desde ese día soy mucho más feliz que antes. Desde ese día que no veo a ese hombre que me hizo escribir estas líneas. Esperando que alguna vez las leas, te doy las infinitas gracias por darme cuenta que estoy vivo.

Gracias, muchas gracias.